Necesitaron tres días de travesía por rutas llenas de
peligros, atravesando desfiladeros, sorteando enemigos, luchando contra las
ganas de rendirse… algunas noches, incluso, Sambas se alejaba de su misión y
soñaba con horripilantes historias de zombis, y no es que dieran mucho miedo,
pero le obligaban a actuar con rapidez, y esas cosas le aterran… pero
finalmente llegaron a una gran puerta de madera que tras sus goznes ocultaba
una enorme sala de mármol pulido.
- Aquí estamos, la
sala de los espejos, al otro lado de estos muros aguarda el diamante – dijo Twisted
Fate, con cierto tono de admiración. – Ahora debes entrar tú solo.
Sambas atravesó el desgastado umbral de la puerta, lleno de
marcas de hachazos, y ante sus ojos la sala mutó en un laberinto en el que, lo
que antes eran paredes, ahora formaban sinuosas calles sin sentido. En algún
lugar al otro lado de la sala le recibió un grito retador:
- ¡Mi hacha está
lista!
Y entonces, el intenso brillo de las paredes comenzó a dibujar
enormes figuras de Darius que se arrojaban contra nuestro héroe una y otra vez.
A cada paso un Darius, tras cada esquina un Darius, Darius por todas partes,
menos en los nerfeos.
Tras horas buscando la salida, inmerso en una batalla eterna
en la que por cada enemigo derrotado surgían dos más, Sambas sintió como su
determinación flaqueaba y utilizó la única forma que conocía para recuperar el
ánimo; se golpeó el pecho con fuerza, alzó su mirada al cielo y gritó a pleno
pulmón: “¡+3 +3 JODER! ¡+3 +3!”. Fueron esa mirada perdida en una sala
interminable, y ese salmo libertario y lleno de pasión, los que brindaron a un
renovado Sambas el nuevo enfoque que necesitaba. Comenzó a amontonar los cadáveres
de Darius, y alzándose sobre ellos, vio en qué dirección estaba la salida para
atravesar los muros que le cerraban el paso.
Por fin ante las puertas de la sala que resguardaba al
diamante, Sambas infló el pecho, y como el héroe más grande de todos los
tiempos las atravesó esperando recoger su tesoro. Y después de tantas batallas,
de superar todas las adversidades, de superar pruebas de ingenio y valor… es
muy triste tener que reconocer que lo único épico de toda esta historia fue la
cara de Sambas al entrar en la sala y ver, casi sollozando, como aquel lugar que tanto le había costado alcanzar estaba llena de niños y de monos que habían
llegado allí antes que él. Tal vez la búsqueda del máster sea una historia más
digna.
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