Cuando el tito Sambas llegó a Aguas estancadas, miró
al cielo para asegurarse de que su compañera sobrevolaba la zona, aguardando su
turno. Miss Fortune esperaba al final del malecón, y señaló al recién llegado
con una mano, mientras con la otra sujetaba la pistola.
Sambas puso la mejor pose que había sido capaz de
ensayar durante las dos semanas de travesía en barco, y fingiendo seguridad,
comenzó a atravesar el muelle en busca de aquel rudo comité de bienvenida. Al
dar el primer paso, se dio cuenta de que algo iba mal… le faltaba una bota; un
engendró a medio camino entre lo humano y lo marino se escabullía tras de él
con su bota izquierda, que tardó poco en recibir sobre la cabeza. Un paso más y
esta vez lo que desapareció fue su cartera, la chaqueta, un cacho de oreja y
las plumas de Anivia.
Cuando llegó frente a Miss Fortune, apenas le quedaban
la ropa interior y un vago recuerdo de algo llamado dignidad, y entonces
sucedió….
-
- Estás en la ruina – susurró una sonriente Mis
Fortune.
- En la ruina…. En la ruina… ¡Eso es!
Sambas movió brazos y piernas de forma frenética,
recordando una danza ancestral que desataría su poder, para asolar todo a su
alrededor; cuando terminó, solo quedaban en pie él y Miss Fortune, con una
pistola apuntándole a la cabeza. Disparó y se fue.
Desde aquella noche, el cuerpo de Sambas descansa en
un mugriento charco de aguas estancadas, junto al muelle, más concretamente… en
la calle platino.
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